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Firim es uno de los personajes que nos encontraremos a través de nuestras aventuras en Zereth Mortis. Exiliado de Refugio, realizó muchos descubrimientos sobre Zereth Mortis y las intenciones del Carcelero.
A continuación os dejamos los diferentes escritos repartidos por todo el nuevo mapa del Parche 9.2 y que forman parte del logro Tales of the Exile.
Al comenzar mi exilio, no puedo por menos que recordar los acontecimientos que condujeron a nuestra llegada. Dudaban de mí. Se burlaban de mí. Conspiraban para sustituirme. Pero mientras desenvainaban sus hojas llenas de dudas y se abalanzaban sobre mí, ocurrió.
¡La geometría tomó forma! ¡Los fractales se alinearon! ¡Por fin encontré el camino a Zereth Mortis!
No hay otra mente capaz de concebir las fórmulas necesarias para tener éxito. Portal tras portal, ajuste tras reajuste, se extienden y encogen sobre sí mismos. ¡No me extraña que tantos de mis predecesores fracasaran!
Los más necios de nuestra expedición se apresuraron a saquear los misterios de la tierra y pagaron el precio por su insensatez. ¿Acaso no insistí en que los Primeros no dejarían sus secretos sin vigilancia?
Los supervivientes aprendieron la lección e hicieron caso a mis advertencias.
Hemos encontrado una posición segura. Un refugio en el que comenzar nuestro trabajo. Pero nuestra frágil armonía no podía durar demasiado.
Cuanto más nos adentrábamos en los misterios de Zereth Mortis, mayor era el número de mis camaradas que se veían afectados.
Incluso el ejecutor Al'kreth, que quizá era el que más ansiaba la gloria de toda la expedición, comenzó a comprender que el conocimiento que habíamos recabado era algo sagrado.
Con el tiempo, Al'ara y los demás percibieron la gran verdad: no debíamos informar sobre nuestros descubrimientos al sobrestante. ¡Los secretos de los Primeros no debían ser robados! Los forasteros no harían más que interrumpir el propósito vital de Zereth Mortis.
Destruimos nuestros portales. He deshecho mis ecuaciones de traslado incluso en mi propia mente. Se ha perdido en mi propia mente. Se ha perdido cualquier tentación que nos pudiese llevar de vuelta a los reinos exteriores.
¡Nuestros corazones cantaban al renunciar a los designios del cártel! Desde aquel día, no fui más que Firim. Aunque no pretendía sacar beneficios del conocimiento de los progenitores, sí que quería comprenderlo. Ahí comenzó el cisma.
¿Por qué me he visto lastrado pro la compañía de mentes tan estrechas? Incluso en una tierra de maravillas infinitas, los zoquetes que trabajaban conmigo en el Refugio fueron incapaces de apreciar el propósito que guiaba mis pensamientos y acciones.
Debería llegar al Sepulcro.
Denunciaban que era una blasfemia. Los misterios eran demasiado sagrados. Verdades a las que no debíamos acercarnos ni debíamos cuestionar. Me tildaron de hereje. Sabotearon mi investigación a mis espaldas. Justo cuando estaba a punto de conseguir la traducción de una clave nueva, Kreth envió a un peregrino entrometido para que interfiriera.
Nuestra amarga riña se extendió hasta el punto de volverse irreconocible. Al final me condenaron a la apostasía y me desterraron del Refugio. ¡El mismo que lo les había proporcionado!
Aun así, cargué con esta indignidad de un modo acorde a un ser de mi intelecto y determinación. Los superaría a todos en el exilio.
Y así fue.
Cuarta parte
Aunque el acceso al Sepulcro sigue sin desvelarse, he aprendido mucho observado a los Automa. Admito que, al principio, los subestimé. ¡Parecían simples servidores con uan menor capacidad de pensamiento independiente que los auxiliares de Oribos!
Pero, como todo lo demás en Zereth Mortis, formaban parte de un patrón. Una geometría que cambiaba, se expandía y contraía en función de su deber.
Al fin y al cabo, esta tierra no es un museo ni una biblioteca de misterios. No, es un taller. Una forja donde se crea el más allá.
Cuando separé mi conciencia de las limitaciones de la percepción, pude ver la imponente arquitectura de los progenitores en funcionamiento. El más allá cobró una forma acorde a las necesidades de los juicios de la Enjuiciadora.
Fueron los Automa los que asumieron las labores de forjar la flora, la fauna y la tierra, encerrándose en orbes que se enviaron a la Zona Intermedia como semillas sobre tierra fértil.
¿Lo vez? ¿Entiendes mis acciones? Todo lo relacionado con las Tierras Sombrías, absolutamente todo, forma parte del patrón. Un sistema cerrado en el que nada se echa a perder. Incluso lo que parece que se destruye solo está siendo reforjado para cumplir un nuevo propósito.
Propósito. Mmm. Por cortos de miras que parezcan, quizá los auxiliares comprendan una pequeña parte de este misterio.
He observado muchos tipos de Automa de tamaños y formas diferentes. Guardianes constructores, recolectores y una variedad más menuda que parecía disfrutar con las tareas de mantenimiento y reparación.
Además de una devoción inquebrantable hacia sus obligaciones, estos Automa comparten otro rasgo notable: el idioma. No hablaban en palabras comprensibles, sino con melodías y ecos.
Sabed que yo, Firim, soy conocido por mis habilidades lingüísticas. Aunque la llegada a las Tierras Sombrías imbuye a las almas mortales del conocimiento de las palabras de la Muerte, muchos conservan recuerdos de los idiomas que usaban en sus mundos. ¿Y qué es un idioma sino un sistema de sonidos y patrones?
Así que sí, por supuesto que he aprendido incontables idiomas durante mis charlas con las almas mortales. Por eso se puede entender mi fe en que el idioma de los Automa no supondría un gran desafío.
Nunca había estado tan equivocado en toda mi existencia. El idioma de los Automa no eran meras palabras. ¡No! ¡Formaba parte de las claves y estaba intrínsecamente ligado a ellas! Las palabras son claves para comprender la geometría. Los fractales.
Había mucho por descubrir. Pero mi mente se abrió por completo cuando me topé con una de las formas más extrañas de los Automa.
Los Automa son comunes en Zereth Mortis. Pero no todos los tipos. Uno era extremadamente raro, como joyas pulidas entre infinitos granos de arena. Los oráculos.
Cantaban canciones para sus congéneres y, al principio, pensé que su rareza solo radicaba en su aspecto. Sin embargo, cuando me acerqué a uno de ellos para observar mejor su labor, ocurrió algo inesperado.
Escuché su voz.
Pero es que el término "voz" se queda corto. Sí, experimenté la sensación de que pronunciaba las palabras del mismo que cuando se dirigen a un amigo. Pero eso no fue todo. Sentí las palabras tanto como las escuché. Los pensamientos entraron en mi conciencia y trasmitieron su significado a todo mi ser.
¿Qué palabras me ofreció? Hablaba en imágenes. En acertijos. En profecías. Mientras resonaban hasta el núcleo, recordé mis conversaciones con Irik-tu y las mil verdades que se me revelaron.
Entonces caí en la cuenta. Los Oráculos hablaban de una verdad y de mil. No como pensamientos separados, sino como uno solo y en el mismo instante. Si los Oráculos, unas entidades que se dejaron para supervisar un taller, tienen la capacidad de pensar en tales términos, ¿hasta qué punto serían más complejas las mentes de sus creadores?
Durante mucho tiempo me he mofado de mis descubrimientos sobre los titanes, los señores del Vacío y los demonios abisales. Tenía el panteón de la Muerte en alta estima, pero ahora sé que tienen las mismas limitaciones. La verdad no se encuentra en una u otra dirección, sino en la intersección.
Los Primeros repartieron sus dones, pero se los dieron todos a un único vástago. No se extraña que estos descendientes riñesen con unos celos tan incesantes. La negación estaba en su naturaleza.
Al darme cuenta de esto, perdí el conocimiento, ya que, una vez más, había trascendido a otro plano de pensamiento.
Cada nuevo hallazgo en Zereth Mortis me planteaba de nuevo los misterios de los Primeros. Quería comprender su naturaleza, pero, cada vez que creía estar a punto de obtener una respuesta, me alejaba aún más.
Pensé en su diseño una vez más. El patrón. Líneas y curvas, arcos y ángulos. Y los giros. Ay, tantos giros.
Seis fuerzas apuntaban a una séptima y aun así, la negaban. Durante mucho tiempo consideré esta aparente contradicción como otra variable. Un misterio a la espera de resolverse.
Pero la canción del oráculo continuó resonando en mi conciencia. Cuando permití que mi atención se redujese y que mi percepción sobre lo tangible se relajara, la geometría cobró forma en mi mente.
Era seis y siete. Los seis eran uno y el séptimo, el otro. ¿Deseaban una unificación? La canción parecía transmitir lo contrario. Ambos eran, pero solo uno podría ser. La melodía cambió. Me estremecí la forma que adoptó.
No se trataba de una variable a resolver. Era una solución esperando su oportunidad.
No se debe permitir que la canción concluya. ¿Los Primeros aún la cantan? Sinceramente, no lo sé. Pero si no lo hacen... Si no lo hacen... ¿Quién lo hará?
Aunque el Carcelero ha sido derrotado, y las Tierras Sombrías vuelven a estar completas, no me veo capaz de celebrar estas victorias.
He estudiado el funcionamiento interno del Sepulcro. He visto los poderes con los que el Carcelero pretendía rehacer la realidad. Y lo que observé me inspira un miedo que llega hasta lo más profundo de mi ser.
Ahora tengo claro que debe haber un Zereth por cada fuerza del cosmos, y que cada uno de ellos ha de albergar un sagrario interior parecido al Sepulcro. Si esto resulta ser verdad, estos santuarios deben estar conectados de forma muy estrecha, una conexión que el Carcelero pretendía aprovechar.
Lo que empezó en el Sepulcro estaba destinado a extenderse de un Zereth al siguiente hasta que todos cayesen presa de su poder. El corazón de las Tierras Sombrías serviría como portal al centro de todas las fuerzas cósmicas, que quedarían vinculadas a su voluntad una tras otra.
No obstante, si se ha frustrado este objetivo, ¿Cómo es que mi mente permanece intranquila?
La razón es que he visto la fragilidad del patrón. La delicadeza de la balanza que mantiene las seis fuerzas en equilibrio. Si el Carcelero, en un acto de maldad, dejó la más mínima grieta en ese patrón, temo que lo que ahora es diminuto no pare de crecer hasta que el equilibrio puede desmoronarse a manos de otra fuerza que aplique una presión implacable.
Espero que los Primeros previesen tal posibilidad. Que tuviesen medidas preparadas para salvaguardar su plan maestro. A menos que... A menos que su diseño no estuviese destinado a perdurar. Y esa... esa es la posibilidad que me atormenta.